Una cuestión de especies: sobre Near Dark de Katryn Bigelow

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Esta es la primera parte de un largo dossier de cine y vampirismo. El dossier más caprichoso jamás redactado. Teniendo en cuenta el estreno reciente de Zero Dark Thirty acá va una nota de la segunda -y todavía la mejor- película de la directora.

Near Dark. Estados Unidos/1987/94´. Dirigida por Katryn Bigelow. Con Adrian Pasdar, Jenny Wright, Lance Henriksen, Jenette Goldstein y Bill Paxton 

 

Hay algo de contradictorio en pensar un western con vampiros, al menos si se tiene en cuenta que mientras las películas atravesadas por la temática vampírica están asociadas a una iconografía más bien barroca, los western se destacan por una estética de lo despojado. También que mientras en las películas de vampiros hay muchas veces un trabajo sobre la sexualidad reprimida (qué son sino los colmillos que signos fálicos y el acto de chupar sangre una metáfora bastante burda del intercambio de fluidos) el western es territorio de una sexualidad que en general se expresa de manera mayormente lateral -en “coristas” que son claramente prostitutas, en un homoerotismo vedado- pero feliz y casi nunca traumática. De todos modos el experimento se puede hacer, aunque hay que decir que esto ha dado como resultado cosas bastante horribles como por ejemplo Billy The Kid vs. Drácula (película que, presumo, yo sólo habré visto y que debe encontrarse entre lo más penoso que se haya filmado nunca) y que los dos únicos casos que conozco en donde esta fusión se dió exitosamente fue en Vampiros de John Carpenter y sobre todo en Near Dark de Bigelow. Me atrevería a decir incluso que en el segundo caso la propuesta es más arriesgada, porque mientras en la película de JC se utiliza la figura del monstruo vampírico como presa para un grupo de cowboys, en Near Dark los vampiros interactúan con los humanos y el resultado va menos por el lado de la acción que por un melodrama que es, al mismo tiempo y por paradójico que suene, seco y desatado. La trama de la película gira en torno a un chico (Caleb) que se enamora de una vampiresa (Mae), el ser monstruoso le corresponde también en el sentimiento y lo vuelve a su condición. A partir de allí el chico empieza en primer lugar una transformación vampírica que lo convierte en un ser de la noche ávido de tomar sangre e integrante de una banda de vampiros. O mejor dicho, más que convertirlo, lo que hace es tentarlo a hacerlo, porque al fin y al cabo el gran dilema del personaje principal va a ser, en primer lugar, si está dispuesto o no a matar, y en segundo lugar si puede abandonar su familia humana hecha de seres que crecen, mueren y que se encuentra integrada a un sistema masivo, por un nuevo grupo vampírico, con sus códigos y reglas propias y tienen la capacidad de ser perpetuamente jóvenes. Estos seres de la noche conviven como  un grupo de marginales, y lejos de las representaciones convencionales, están infinitamente más cerca de ser una suerte beatniks asesinos que de condes seductores viviendo en mundos hedonistas. Del mismo modo, la violencia de esta película se aleja de lo ritual y de cualquier sofisticado juego de seducción previo. En vez de esas ideas de conquista lo que tenemos son rituales sádicos, en especial en lo que concierne al personaje de Paxton (un vampiro llamado Severen que anda siempre vestido de vaquero y se comporta como si hubiera tomado varias líneas de cocaína), quien antes de matar gusta de hacer un largo juego cruel previo.

En esos juegos uno ve menos una crueldad devenida de la maldad, que un afán de hacer algo creativo en medio de una rutina alimenticia que se repitió ya demasiadas veces. Teniendo en cuenta esto último es posible que el punto de unión real que Near Dark ve entre el western y el género de vampiros tenga que ver justamente con la relación melancólica que ambas películas guardan con el tiempo. Por un lado un western que se concentra en un tiempo pasado irrecuperable, por el otro una criatura vampírica que vive una repetición perpetua. En ambos casos la dimensión temporal tiene connotaciones tristes: por lo que se fue y nunca vuelve por un lado, por lo que permanece y no cambia nunca por el otro.

Por eso quizás uno de los momentos más angustiantes de Near Dark se da cuando un vampiro pequeño (o mejor dicho, un vampiro que fue mordido de chico y quedó perpetuamente encerrado en el cuerpo de un infante) llamado Homer se pone a llorar como chiquito cuando ve la luz del sol. Esta acción pareciera un acto reflejo que le quedó de una época de más de varios siglos atrás y que repite como como una necesidad de volver a sentirse momentáneamente lo que era antes. En algún punto, quizás lo más duro de la descripción vampírica de Near Dark tenga que ver con el asistir a la mostración de vampiros que necesitan asumir un rol determinado para no aburrirse. El personaje de Paxton jugando al cowboy sádico, la vampiresa Diamondback haciendo de madre de la familia –incluyendo una mirada maternal hacia Homer más allá de que este sea posiblemente más longevo que ella- y el vampiro Jesse Hooker comportándose como el padre de familia. No es casual que los dos únicos que no tengan un “rol” asumido y jugado al extremo sean justamente Caleb y Mae, el primero un vampiro recientemente mordido, la segunda una chica que recién empezó a ser de esa condición monstruosa hace cuatro años y que aún se encuentra entusiasmada por su carácter de mujer eterna y enamorada de la noche ( además, la película la muestra todavía dispuesta a utilizar la estrategia de seducir sexualmente a alguien antes de atacarlo).

En todos los otros vampiros existe un carácter excéntrico y autodestructivo. Esto último se nota en el enfrentamiento final prácticamente suicida que Severen hace con Caleb, en la mirada feliz que Jesse y Diamondback ponen cuando saben que se van a morir y en el gesto pasionalmente demente de Homer cuando corre tras la nena de la que se enamoró a plena luz del día, sin importarle que las llamas lo estén consumiendo. Esta  escena muestra que el mayor contraste en Near Dark no se da precisamente entre la mezcla entre el género vampírico y el western, sino entre la brutal división de especímenes y el espíritu brutalmente arbitrario del enamoramiento. Después de todo, en pocas películas como en esta existe una división tan tajante entre tipos de especies y sobre todo en el derecho que tiene (o que se siente) una especie para eliminar a la otra. Incluso podría decirse que en la lógica biológica que tiene esta película, no parece menos “malvado” el acto de los vampiros de matar humanos que el acto de Caleb de matar al mosquito en la apertura del film. Sin embargo, en esa rigidez de divisiones biológicas el amor –tanto sea hacia la mujer, como hacia una familia tanto sustituta como natural- puede actuar como un desequilibrante mayor que hace que de pronto quien esté de un lado se sienta del otro y que un orden de especies que pareciera natural se rompa. Hay, si se quiere, un espíritu romanticista en Near Dark que semeja algunos relatos de Le Fanu, Schiller o Goethe en los que el sentimiento amoroso hacia algo finalmente atraviesa cualquier tipo de lógica y puede barrer límites tanto sea para construir finales hermosos como tragedias horribles. Es algo ambiguo sin embargo saber en qué lugar debería ponerse el desenlace de Near Dark, ahí cuando Caleb decide, sin preguntarle nada a su novia (como ella tampoco le preguntó a él) transformar a su chica de pronto en la misma especie que él para que puedan estar juntos. En el plano último de esta película la protagonista se encuentra a sí misma sin saber demasiado que pensar sobre su persona. Final similar al de otras películas de Bigelow como Blue Steel o la reciente Zero Dark Thirty, en el que el personaje principal femenino se encuentra expresando un sentimiento de desconcierto al no poder ya reconocerse a sí misma. Las últimas palabras que pronuncia Caleb en la película incluso son “tengo miedo”, frase que dice mientras mira sus manos ahora humanas después de años de ser vampíricas. Pocos desenlaces son tan contundentes en cuanto lo caprichosos que pueden ser los sentimientos amorosos y de cómo la monstruosidad no es en el fondo otra cosa que una cuestión de perspectiva.

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