Madagascar 3: de algunas felicidades (im)posibles (*)

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Madagascar 3  (4)

Madagascar 3. Título original: Madagascar 3: Europe’s Most Wanted, Estados Unidos, 2012, 85. Dirigido por Eric Darnell y Tom McGrath. Escrita por Noah Baumbach y Eric Darnell. Producida por: Mireille Soria y Mark Swift. Con: Ben Stiller, Chris Rock, David Schwimmer, Jada Pinkett Smith, Sacha Baron Cohen

Cualquier persona que se haya interesado alguna vez por la historia de la animación ha tenido que toparse con el nombre de Tex Avery. Inevitablemnte al nombre de Tex Avery le tuvo que seguir el visionado del corto Screwball Squirell, obra maestra mayor producida por la MGM de menos de ocho minutos de duración que sigue a una ardilla extremadamente risueña y dueña de una salud mental por demás dudosa. Este animal empieza la película golpeando a una ardillita dulce (parodia de unos cortos bastante imbéciles y pueriles que hacía la MGM en los cuarenta y no, como muchos creen, un ataque personal a la animación de Disney) y a partir de ahí se desencadena una serie de chistes extraordinarios que elevan el humor absurdo a una categoría inmensa. Hacia el final la ardilla mira a la cámara y le dice al público que le va a develar la razón por la cual pudo hacer todo lo que hizo (entre lo que se encuentra aparecer y desaparecer ridículamente en cualquier lado, ser capaz de ver lo que va a suceder en el próximo plano de la película o viajar en tren que viajaba adentro de un de árbol) después de decir eso el bicho muestra que tiene un hermano gemelo. La “respuesta” al absurdo no hacía otra cosa que multiplicar lo ilógico de todo con una deducción que desde ningún punto de vista puede contestar todas (o siquiera una) las habilidades imposibles que tiene el personaje.

A lo sumo, lo que busca este corto con ese final es multiplicar el absurdo humorístico construyendo un interrogante para después destruirlo con una respuesta que de tan demente no hace otra que conducir a la gracia. No trata justamente de hacernos entender algo, sino de hacernos reír de cómo se construyó una lógica para después destruirla con otra cosa; o sea, al sentido de pronto agregarle un sinsentido. Screwball Squirell es básicamente eso, un cortometraje en donde los personajes y el argumento principal no son otra cosa que una gran excusa para producir un humor basado en la multiplicación de situaciones humorísticas absurdas. O sea, ya no un corto que hace de lo humorístico su tono sino su tema.

Hay mucho de esto en Madagascar 3, la última película de animación producida por la Dreamworks. Como bien indica Marcos Rodríguez en su crítica, esta nueva parte de la saga parece ser menos una secuela que una construcción de otra cosa. Están, sí, el león, la cebra, la hipopótamo, la jirafa y los pingüinos, que estaban antes, pero esta saga tiene la osadía de tomar simplemente el material de base para ir por otro lado completamente distinto, tal y como la ardilla de Screwball Squirrell golpea a la ardillita tradicional de la MGM y decide ir para su propio lado e inventar sus propias reglas. En cierta medida es como si los que hicieron esta película se hubieran dado cuenta de lo mismo que se dieron cuenta los animales del circo en este film: de que volver al espectáculo tradicional no era lo indicado sino que había que romper todas las reglas y hacer algo nuevo, o incluso lo que les pasa a los propios protagonistas de esta película cuando vuelven a ese zoológico que tanto añoraban y se dan cuenta que nunca fue tan bueno su origen como ellos pensaban, y que lo mejor es tomar un camino totalmente distinto. Madagascar 3 es eso, un rechazo a lo convencional y un abrazo a lo novedoso y diferente.

Esta apuesta a algo nuevo y a correrse de lo obvio puede verse en varios momentos de la película. Por ejemplo, al principio del film se lo ve al león Alex discutiendo con sus compañeros sobre quién debería ser el jefe del grupo. Mientras el felino da por sentado que es él, la cebra y la hipopótamo empiezan a disputarse el liderazgo y uno de los personajes dice que en ese grupo no debe haber jefes sino que deben comportarse como equipo. Este tipo de discusión genera un gag inmediato (el rompimiento del techo de un casino) y este tema luego se vuelve la excusa para otro chiste (uno en el cual Alex es señalado como jefe por la cebra después de que un tigre intimidante preguntara por el líder de la banda). Después nunca más se menciona ni se discute el liderazgo de nadie. La película no resuelve ni trata este tema, nunca encontramos un momento en el cual los personajes se dan cuenta de porqué tiene que haber un líder o en el que, por el contrario, Alex caiga en la cuenta de que son un grupo de amigos y todo tiene que decidirse en grupo (como hubiera sido en cualquier narración convencional). En vez de eso se utiliza este “conflicto” como excusa para dos chistes y nunca se vuelve a tocar esta situación. En otro momento también se nos muestra la historia de un tigre circense llamado Vitaly que en el pasado había sido una estrella del circo capaz de hacer un número único en el mundo (pasar todo su cuerpo por adentro de un anillo) pero que ahora se encuentra traumado por un accidente terrible que tuvo. Su conflicto pareciera ser uno de los más importantes, y cuando el circo se reabre cualquiera esperaría que su número sea el último de todos para que la película pueda generar suspenso con el hecho de si Vitaly es capaz de animarse a hacer proeza semejante de nuevo. Sin embargo, basta una charla de Alex hacia Vitaly para que este abandone su trauma y decida hacer de nuevo su número en la reapertura y renovación del circo. La curiosidad es que este número no se presenta como el último del espectáculo circense sino como el que lo abre. Dicho número además (en una de las decisiones más osadas de la película) se encuentra fuera de campo. O sea, vemos al tigre correr hacia el anillo y verlo afuera del anillo, pero nunca entrar por ahí. De pronto entendemos que la lógica de la película no era haber introducido el conflicto de Vitaly para hacer un largo desarrollo, crear suspenso y mostrar progresivamente la recuperación heroica del personaje. Antes, prefiere resolverlo rápidamente y utilizar la situación del tigre para hacer un gag curioso. Desde este punto de vista, no es casual que la película se identifique con el circo, un espectáculo circense no cuenta historias sino que tiene números específicos con personajes específicos haciendo proezas específicas. Madagascar 3 se parece a eso. Hay sí, una narración, pero la misma es utilizada en realidad para contar una historia coral en la que cada personaje parece estar hecho para mostrar diferentes momentos cómicos y/o asombrosos. El simpático baile sobre la soga entre la hipópotamo Gloria y la Jirafa Melman, el pequeño Mort que parece ser inconsciente de todo peligro y llega a cantar una canción inquietante para “dar clima” a un vagón de tren de apariencia siniestra (puede, por otro lado, que con esto estemos ante uno de los mejores chistes del siglo XXI), la foca Stefano, que nunca se decide por su nivel de coeficiente intelectual y cuya ingenuidad hace que todo le genere expectativa (ver ese momento humorístico virtuoso en el cual su rostro cambia frenéticamente mientras Alex le relata sus supuestas dotes como acróbata), la felina Gia, que imita ridículamente todo lo que hace Alex como acróbata (incluyendo chocar contra un palo de madera), el magnate que es “alimentado” por su propio halcón o la cebra cantando “Afrocirco” y jugando a ser eyectada por un cañón. También está la capitana Chantel Dubois (lisa y llanamente, la mejor villana en lo que va del año), una mujer con poderes más propios de Terminator que de un ser humano (atraviesa paredes y todo) que muchas veces tiene comportamientos más cercanos a lo animal que cualquiera de los personajes principales. Dubois, además, es quien mejor representa uno de los rasgos más importantes de la mayoría de los personajes de Madagascar: es impredecible. Después de todo, parte de la gracia mayor de esta película está en que es imposible saber qué van a hacer cualquiera de esos personajes. Salvo Alex (el más coherente en sus comportamientos, el único que se enamora de un animal de su especie y el que va llevando la historia principal –él es el que guía a los personajes a Montecarlo y luego al zoológico, es el que planifica todo el argumento central–) es imposible saber de antemano qué pasará con el resto de las criaturas de esta película. De quién se pueden enamorar o no, qué clase de lógica (o ilógica) van a utilizar, qué va a apasionarles de pronto y qué no. Acá los mismos pingüinos, que son capaces de construir un avión, pueden hacer algo tan disparatado como gastarse todo el dinero en una dentadura de oro para comer manzanas; los agentes de Dubois pueden recuperarse de lesiones graves con una canción de Edith Piaf –que hace además que cuando lloren de emoción por la melodía se les corra rímel de la cara (¡!)–; acá la misma película que ve posible que un tigre se queme si se expone al fuego después de bañarse con un líquido inflamable ve coherente que este mismo animal pase por adentro de un anillo; un hurón puede enamorarse perdidamente de una osa que anda en triciclo y en moto y siempre con la lengua afuera; y acá hay arbitrariamente animales que hablan y otros que no lo hacen (como los monos o la mencionada osa), humanos que interactúen con la fauna y otros que están incapacitados de hacerlo; a una cebra y a una foca se les da por ser eyectados por un cañón, entre muchas otras cosas. En medio de eso hay una geografía que, como indica Marcos Rodríguez, es de fantasía y puede pasar de un país a otro sin que medie explicación alguna (curiosamente, en este territorio donde no parece haber fronteras geográficas delineadas se juega todo el tiempo con estereotipos franceses, italianos, rusos y norteamericanos), una banda de sonido variada y muchas veces virtuosa que pasa de Piaf a Andrea Bocelli, de Katy Perry a Pavarotti y una cantidad innumerable de chistes que van desde los que se exponen de manera clara y directa, hasta algunos que solo se advierten después de una segunda visión (como el de las patentes de las camionetas o el nombre “Le Power” que aparece en un plano solo y fugaz).

 

El mundo de Madagascar 3 basa su fuerza justamente en la multiplicación de chistes y en la forma de mostrarnos sus reglas del juego de manera gradual y sin avisarnos nada, como aquellas habilidades de Screwball Squirrell que van siendo cada vez más disparatadas e imposibles con el correr del cortometraje.

Y como en Screwball Squirrell, Madagascar 3 termina siendo en verdad no una película humorística sino una película sobre mecanismos humorísticos, sobre las posibilidades de la comedia, el humor absurdo y la animación. Sin embargo, a diferencia de Screwball Squirrell, Madagascar 3 no es una película fría. Por el contrario, su celebración de lo cómico por lo cómico en sí, su amor a la creación de ficciones disparatadas, su desprecio por los argumentos convencionales termina teniendo algo de extraordinariamente emotivo en su celebración por las posibilidades del absurdo y por una animación capaz de reproducirla. Después de todo, tal y como dice el tigre Vitaly en un momento de la película, si hay algo fascinante es ver cómo se puede hacer posible lo imposible, y acá lo vemos, una saga que no sigue la línea de sus dos películas anteriores sino que la rompe por completo, un mundo lúdico y que pareciera infinito en sus posibilidades creativas, una prueba de que los argumentos, las historias, a veces son meras excusas para crear un gigantesco desfile de chistes excelentes y delirios varios y todo en una superproducción animada mainstream venida de una productora que hasta este momento, y salvo raras excepciones, nunca se había animado tanto en este terreno. Pero Madagascar 3 existe, hizo posible lo imposible, y ahora es otra de las raras formas de alegría que nos puede proporcionar el cine de vez en cuando.

(*) crítica publicada en la edición digital de la revista El Amante -Cine-

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