Está y no está

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The Conjuring, Estados Unidos, 2013 | 112′. Dirección: James Wan. Guión: Chad Hayes, Carey Hayes. Fotografía: John R. Leonetti. Con Patrick Wilson, Vera Farmiga, Ron Livingston, Lili Taylor, Shanley Caswell.

En su libro Danza macabra Stephen King habla de un tipo de miedo que consiste en la intuición de una presencia que uno siente a sus espaldas pero que al darse vuelta ya no está. Lo que nos asusta, dice King, no es tanto la idea de esa presencia que es altamente probable que nunca haya estado, sino la certeza de que esa intuición existió y la ligera sospecha (por algo utilizo el término “altamente probable” y no “imposible”) de que por ende ese mundo concreto al que definimos como un estado de normalidad no sea del todo cierto.

Hay algo de esto en El conjuro y diría incluso que la base misma de su miedo finalmente termina encontrándose ahí. Sin embargo antes de adentrarnos en eso prefiero señalar un cosa curiosa: aun con todo su virtuosismo a la hora de crear climas, aun con la forma elegante en la que empieza yendo de lo intimista para ir a lo grandilocuente (esos pájaros hermosos que van estrellándose contra la casa hacia el final del film), posiblemente el momento más inteligente de toda esta película resida secretamente en un instante aparentemente sin importancia y carente de toda intensidad. El mismo encuentra al matrimonio Warren visitando la casa de una gente que está convencida de que esta está habitada por espíritus. Sin embargo, la pareja les explica que los sonidos misteriosos que escuchan no son otra cosa que el producto de viento yendo por tuberías y les aseguran que la mayoría de las veces solo son imaginaciones o ilusiones. El momento es clave porque nos muestra en principio el profesionalismo y la honestidad de la pareja, pero también un hecho curioso y es que un cuarto de la casa del matrimonio Warren, atestado de objetos embrujados y poseídos, ha sido el producto de esos casos excepcionales en los que sí hubo algo sobrenatural. O sea, los Warren no son solo profesionales honestos sino también gente que ha trabajado muchísimo durante años. La película nos señala además que lo han hecho aun cuando ellos saben que no son pocos los que los consideran locos o farsantes (algo que ellos dicen al principio) y aun cuando la película revele que la mujer de ese matrimonio sufre con cada trabajo. Uno podría pensar que esta es una forma de “humanizar” a los personajes o de “darles una psicología”, pero ante estos términos difusos prefiero otro más contundente, y es que lo que hace esto es acercarnos a los personajes. No se trata de que los conozcamos de cuerpo entero, pero sí que conozcamos rasgos de ellos que nos simpatizan, que hace que queramos que salgan indemnes de toda esta experiencia. Muchas de las grandes películas de terror saben que justamente es ese solo momento de acercamiento es el que basta para que nuestra preocupación por sobre lo que pueda pasarle a uno o más personajes cambie por completo. Es como esas escenas de El exorcista (film que lógicamente influye en El conjuro) en la que vemos a una Regan aún no poseída jugando con su madre, o esta última cerrando la ventana del cuarto de su hija para que su nena no pase frío. No se trata exactamente de “conocerlos” sino de darles rasgos que hagan que sintamos cercanía por ellos. En el caso de El conjuro, escenas similares tienen que ver con aquellas en las que vemos actuando a los miembros familiares que sufrirán la posesión: las hermanas molestándose entre ellas o jugando a una suerte de escondidas con los ojos vendados, el matrimonio disponiéndose a tener sexo para inaugurar el primer día que habitan casa, una hermana padeciendo de sonambulismo y siendo recostada suavemente en una cama por su padre, o la hermana mayor coqueteando tímidamente con uno de los ayudantes de los Warren. Algunas de estas escenas están hechas para relajar al espectador segundos antes de que algo extraño pase; otras terminan teniendo su reverso siniestro (como el inocente juego de las escondidas que será utilizado después por los demonios para aterrar a la madre en una de las cimas de intensidad de esta película) y otras en cambio no terminan derivando a ninguna parte y están ahí para que simplemente conozcamos a esa gente antes de que los ataquen los fantasmas en cuestión.

Cuando estos aparecen la película toma varias decisiones felices. La primera de ellas tiene que ver con jugar con las subjetivas de los personajes. Muchas escenas de El conjuro juegan constantemente con una cámara que adopta la dirección de la mirada de un personaje pero no necesariamente lo que él está mirando, como si la cámara estuviera también tratando de ver (y de paso invitarlo al espectador a hacerlo) lo que el ser que está aterrado dice estar viendo.

Otra decisión interesante es la de despojar a la película de la idea de un monstruo en particular con un accionar bien definido. Más allá de que acá se termine explicando la acción principal que busca uno de los fantasmas, lo interesante de El conjuro es que pueda abrirse a una suerte de anarquía terrorífica que nos da la sensación de que todo puede ser posible. El Mal acá puede venir en todas las formas y acciones. Puede querer matar como puede no querer hacerlo, puede venir en forma de una vieja o una madre poseída, pero también puede haber una fuerza fantasmal que tire de los pelos a una chica, u otra que simplemente corra una sábana, o un espectro que se limite a un juego con palmas para aterrar a un personaje y también puede haber una muñeca cuyo único objetivo pareciera ser escribir cosas inquietantes y a la que apenas veremos moverse.

Tanta creatividad en plantear un universo terrorífico tan impredecible no puede causar más que reverencia. Por eso acaso la única decisión visual poco feliz de la película tiene que ver con el momento del exorcismo a la madre en el que Wan decide hacer que la silla donde ella está sentada se eleve y queden los Warren y el padre de la familia mirando esa figura suspendida. La imagen, obviamente, recuerda demasiado a El exorcista y esta caída en la cita cinéfila nos saca de ese universo que jugaba a poseer un imaginario autónomo e inesperado. Sin embargo, después de ese error la película prosigue con un sacrificio satánico que se impide, un epílogo con los Warren entrando a la casa y un objeto misterioso que se abre. Cuando se pasan las casi dos horas de metraje se descubre que no se ha muerto nadie en esta película. Ningún miembro familiar, ni el matrimonio Warren, ni su hija, ni el policía escéptico que acompañó el proceso del exorcismo, ni el ayudante los demonólogos protagonistas. En suma, nadie. En vez de eso la película opta por hacer de cada personaje una potencial víctima –algunos de ellos parecían tener la sentencia de muerte en la frente, como el sheriff–, e incluso Wan hace un epílogo largo, jugando con las expectativas del espectador que está esperando el ataque final y más brutal del monstruo, trasladado ahora supuestamente a la casa de los demonólogos Warren.

Estaba tentado a decir que en tiempos de derramamiento de hemoglobina fácil esto es toda una novedad, como si hubiera sido necesario renegar de “el terror que se hace hoy en día” para legitimar el film de Wan. Pero lo cierto es que el terror que se hace hoy en día no es tan malo (de hecho está atravesando por un momento más que interesante, pero es harina de otro artículo) y que el hecho de que en el horror se derrame mucha hemoglobina no es un fenómeno reciente sino que viene ya desde hace varias décadas (a veces los críticos estamos tentados a pensar que fenómenos como el cine de terror bien gore y de víctimas múltiples es algo de los últimos años cuando ya está instalado hace décadas en el cine de horror más popular). También sería restarle importancia al hecho de que en esta película de terror no muere nadie, y esta es una jugada que no puedo recordar que se haya llevado a cabo alguna vez en una película de este género (el ejemplo más similar que se me ocurre ahora es La mosca de Cronenberg, donde invirtiendo la lógica del slasher, el único que se muere al final es el propio monstruo). El terror por el contrario siempre se basó en la idea de que lo que amenaza en algún momento ataca y mata. Desde este lugar, El conjuro va en contra de la idea del mencionado Cronenberg cuando decía que el único miedo que finalmente termina abordando el cine de terror es el miedo a la muerte. Sin embargo, en El conjuro la cosa no pasa por la acción de morir sino por vivir en un mundo de desconcierto permanente, donde ese mundo físico que creíamos habitar de forma segura puede desaparecer. Por eso es importante que a diferencia de El exorcista (film en el que hechos alejados en distintos espacios del planeta, y que aparentemente no tienen nada que ver, terminan convergiendo en una lógica) el film de Wan plantee situaciones diferentes (la casa embrujada, la visión que tuvo el personaje de Farmiga en un exorcismo pasado y que Wan sabiamente jamás revela, la amenaza a la hija, la muñeca perturbadora que acaso se mueve) que amaguen con unirse pero que nunca lo hacen, dejando ante todo a la sospecha y la inquietud como motor principal de tensión del film y la idea de que hay cosas que sencillamente nunca vamos a entender o simplemente pueden surgir con una aterradora arbitrariedad. De ahí también que El conjuro juegue con la idea de un final feliz que en el fondo no es tal, con la idea de esa cajita que se abre y nos obliga a ver si aparece algo en el reflejo de ese espejo o no. Que hacia el final Wan no nos muestre nada no tranquiliza sino todo lo contrario. Porque la lógica es hacernos sentir que eso que está ahí acechando al matrimonio Warren está y no está, que su poder no reside en que con seguridad vaya a aparecer en cualquier momento, sino que en cualquier momento podría –si quiere, si puede, si se le permite– aparecer. Es finalmente algo similar a aquella sensación que describe King: sabemos que en ese reflejo no aparece nada, es la seguridad de la intuición que tuvimos de que algo pudo haber aparecido lo que finalmente nos inquieta.

 

Comment (1)

Tal vez la película esté bien realizada en el aspecto técnico, pero no me causó el más mínimo susto. Me pareció normalita y dominguera.

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