Anotaciones sobre Los Ocho Más Odiados

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Hay algo rarísimo en Los Ocho Más Odiados y es que su argumento pareciera antitético a su tono. Es decir, si a uno le contaran de qué va Los Ocho Más Odiados, pareciera que uno se va a encontrar con una película acelerada y tensionante. Pero la primera escena realmente tensionante de esta película de casi tres horas -aquella en la que el personaje de Samuel L. Jackson provoca al de Bruce Dern para que saque su arma- no aparece sino hasta la hora y media. Previo a eso tenemos largas conversaciones, alguna que otra reflexión sobre la justicia, engaños varios, y una cámara que parece quedarse enamorada de ciertas acciones. Así es como Tarantino se toma un tiempo para ver cómo dos de sus personajes clavan estacas en la nieve, o como una persona que viene del frío se desespera por taparse con el elemento más caluroso que existe, o cómo dos personajes clavan maderas en una puerta para que no se abra. El efecto final de todo esto es extraño porque si uno se deja envolver por la película, se enfrentará a la rara sensación de estar ante un largometraje de encierro y masacres, que sin embargo resulta extrañamente relajante. Uno no ve Los Ocho Más Odiados para euforizarse (como podía pasar en Perros de la Calle, Tiempos Violentos o Bastardos sin Gloria), uno está acá para ver interacciones y disfrutar -aunque a veces se trate de disfrutar morbosamente- con ciertos hechos. Si uno tuviera que encontrar una película de Tarantino que más o menos se parezca a esto, la referencia más inmediata será Triple Traición: Jackie Brown, otra película sobre robos y traiciones que producía en quien la veía un tono más relajante que otra cosa. De hecho, tanto Jackie Brown como Los Ocho Más Odiados parecen ser películas hechas para anular muchas veces los efectos de tensión antes que para aumentarlos (el flashback brusco que aparece cuando le disparan en los testículos al protagonista en medio del tiroteo es un ejemplo claro de esto) y ambas parecen obedecer perfectamente a ese tipo de películas que Tarantino enmarca como hang-out movies. Es decir, un tipo de cine hecho para que uno “pase un tiempo” con los personajes.

De hecho, para Tarantino el ejemplo más grande de hang-out movie que haya existido es Río Bravo, de Howard Hawks. Cabe recordar que en esa película, Hawks  pone una escena de un grupo de personas cantando dos canciones seguidas en una guitarra. Ese momento en Río Bravo está hecho para mostrar que el grupo -anteriormente en conflicto por diferentes cuestiones- está ahora unido. En Los Ocho Más Odiados, las dos canciones que canta Daisy Domerge implican todo lo contrario: después de eso aparecerá el café envenenado y empezará a desatarse la masacre.

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La comparación con Río Bravo me seduce un poco. A ver, Río Bravo podía contar la historia de un grupo que se construye porque trabajaba con personajes que, más allá de sus taras, eran personas nobles. Los Ocho Más Odiados, en cambio, trabaja con personas viles y en algún punto la destrucción mutua pareciera ser el único desenlace posible. Intento aclarar así un malentendido sobre Los Ocho Más Odiados: que quizás no sea una película tan misantrópica como se cree, que esa gente que está ahí no tiene porque tomarse como “toda la humanidad” y mucho menos como una metáfora de Estados Unidos. Creo que la cosa pasa por otro lado, por preguntarse por ciertos “restos psicópatas” que dejó la guerra civil y por imaginarse qué pasa cuando esta guerra acaba y estas personas llenas de furia y con límites morales prácticamente nulos se encuentran ya sea casual como causalmente juntas. Si bien más de un crítico no parece estar de acuerdo con esto (apareció más de una vez la idea de que esta es una película en verdad profundamente política, en la que se tiene una mirada crítica sobre el pasado americano), tengo la idea de que es la interpretación más acertada del tema.

La escena en la que me apoyo para sostener esta idea es en aquel flashback a quien más de uno ha tildado de desprolijo. Allí vemos a cuatro de los asesinos de la taberna entrar a la taberna de Minny y podemos observar cómo ese sueño de una América integrada parece, al menos parcialmente, posible. Los negros conviven con los blancos sin problemas y no existe el menor indicio de violencia o tensiones de ningún tipo. Incluso aquella versión del personaje de Jackson de que en ese lugar se odian a los mexicanos –algo que bien puede ser una mentira para que Jackson pueda justificar más fácilmente la ejecución del personaje del mexicano- parece desmentida por el hecho de que Minny no dice absolutamente de que una persona de esa nacionalidad esté en ese momento en su taberna. ¿Está diciendo Tarantino que esa gente representa  otra cara de Norteamérica, una sociedad deseable que aún puede emerger? ¿O al ser estas personas asesinadas está diciendo que justamente esa sociedad que pudo ser terminó siendo masacrada por una mayoría violenta? Una posición optimista diría lo primero.  La segunda posición mostraría a un Tarantino enfurecido y nihilista al extremo. Agregaría yo que, además, pondría a un Tarantino que ha tomado de Leone el peor aspecto de este cineasta:  el del simplificador social y político, incapaz de ver otra cosa en el pasado que asesinatos y violencia. Sin embargo, en este caso me atrevería a pensar que hay una tercera  posición posible. La idea de pensar que nada es absolutamente seguro: ni la idea de una América posguerra civil que fue arreglando sus conflictos, ni la idea de un cinismo absoluto que muestra que tras años de una lucha sangrienta no ha cambiado esencialmente nada. Quizás la palabra última sea la de la desconfianza ante cualquier versión de la historia, algo que ya anticipa Quintín en su excelente nota sobre la película. O sea, Tarantino usa su historia sangrienta para desconfiar los ideales dixie de Ford, y las loas Lincoln, pero también utiliza aquel flashback para desconfiar de su propio pesimismo. Quizás, después de todo, Los Odiosos Ocho no sea otra cosa que una muestra de ocho personas enfurecidas y/o psicopáticas a las que un cineasta quiso reunir para ver qué pasaba.

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Esta desconfianza hacia lo que vemos está aumentada también por otro tema en la película que es la cuestión de la farsa. No es precisamente poco común ver en Tarantino a personajes fingiendo, aunque quizás en ninguna otra película como Los Ocho Más Odiados esta cualidad farsesca se de de manera tan multiplicada. Acá hay sucesos claramente falsos (la carta de Lincoln, el personaje de Roth diciendo que es verdugo o el de Madsen diciendo que va a visitar a su madre), y sobre todo muchos que dudosos (la fellatio que cuenta Jackson; su ya mencionada historia de que Minnie no acepta mexicanos;  el título de sheriff de uno de los personajes o la posible banda de 15 hombres de Daisy). A esto se le suma otra farsa que es la de la película. Sucede que Los Ocho Más Odiados declama su condición de ficticia en dos ocasiones: la primera es cuando irrumpe bruscamente una voz en off que delata que esta película es una narración (después de todo, el narrador habla de un hecho que nunca nadie pudo haber presenciado y que por ende solo se puede inventar), pero en alguna medida también es una confesión de su propia característica ficticia las casualidades que hay en la película. Tarantino propone después de todo que en el transcurso de horas y sin que medie otra cosa que el azar, se suban a una carrocería dos célebres cazarecompensas y un posible nuevo sheriff, teniendo los tres además un pasado especialmente importante -aunque sea sórdidamente importante- en la Guerra Civil Americana. Por otro lado, cuando lleguen a la taberna estará de pura casualidad un general cuyo hijo tiene una historia con uno de los personajes.

Sin embargo, la más interesante de las farsas acá se dan con aquellas poses farsescas que hace que los personajes se vuelvan especialmente desconcertantes. El sheriff (o posible sheriff) Mannix, por ejemplo, parece una persona que respeta de modo reverencial a Smithers, pero cuando Smithers es asesinado luego de ser torturado psicológicamente por Warren, Mannix no tendrá problemas en usar el saco de Smithers y nunca lo veremos reprocharle nada a Warren por ese hecho. Daisy parece sentir un gran amor por su hermano, pero la verdad es que no la veremos muy afectada después de que le peguen un balazo en la cabeza. Smithers parece ser una persona que en el fondo exagera su racismo: después de todo, no tendrá problemas en un momentos en dirigirle la palabra a Warren, aunque sea antes de que se entere de que este mató a su hijo. Y no queda claro incluso si el propio John Ruth -quien pareciera el más interesado en la justicia de todos- no es también un sádico disfrazado de justiciero. En su política de pensar que los que atrapa deben ser colgados por la ley, se esconde alguien que en el fondo gusta de llevar varios días al lado suyo una persona condenada a muerte y que espera finalmente, según sus propias palabras, a escuchar el sonido de su cuello rompiéndose.

Quizás uno de los puntos más curiosos de Los Ocho más odiados sea justamente ese: que sus personajes parecen imponerse a sí mismos códigos para mostrar una idea de justicia o de límites morales que nunca terminan aplicando. Después de todo, ese es el final de la película: un posible sheriff ayudando a ahorcar una persona como si fuese algo perfectamente legal y justo,  haciendo un acto sádico disfrazado de justicia. Ni bien termina esto se termina leyendo una carta de Lincoln falsa, por la que Mannix manifiesta sentir emoción al leerla pero que después la hace un bollo y la tira. Lo ayuda un Warren que dice estar haciendo esto en memoria de John Ruth aún cuando uno puede pensar que, de nuevo, no se trata de otra cosa que descargar las pulsiones violentas de un psicópata. O acaso no es Warren también ese soldado de la guerra civil que puede decir sin remordimiento -y hasta con alegría- que quemó vivos a decenas de personas en un acto de venganza.

Dentro de este grupo, quizás la fascinación que ejerce Daisy Domergue sea la de la persona que al fin y al cabo vemos desde el vamos que es una persona sin código moral de ningún tipo, una villana tan clara que dentro de este contexto hasta se ennoblece. Domergue tiene algo de demoníaco. Hay un primerísimo primer plano al principio del film donde Tarantino pareciera estar tomando el rostro de una bruja malvada, y una escena en la cual John Ruth le da a Daisy un pedazo de una comida totalmente negra -no sé exactamente que es- como si hubiera algo satánico hasta en los alimentos que ingiere. Sin embargo, la fascinación que Tarantino tiene por ella es totalmente directa y se manifiesta en dos momentos claros. El primero de ellos tiene que ver con la utilización de la canción “Apple Blossom”, de los White Stripes, cuya letra está puesta en un momento en el que pareciera declararle el amor a Domergue. El otro momento viene al final, cuando ella es ahorcada. Allí Tarantino procura poner a Domergue justo entre dos objetos que hace que ella parezca un ángel elevándose vaya a saber uno a dónde. Por otro lado, si reconocemos en Los Ocho Más Odiados ciertos elementos de policial negro -que los hay-, Domergue es algo parecido a una mujer fatal: una persona por la que muchos hombres pelean y que termina llevando a todos a la muerte. Si hasta el propio John Ruth a veces parece manifestar un raro respecto y hasta cariño por ella (ver la escena en la que le sirve el alcohol en el café, o incluso el hecho de que le deje cantar canciones en la guitarra).

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Me quedan cuatro cuestiones que creo que merecen ser observadas, aunque aún no tenga mucho que decir sobre ellas. La primera y la evidente se relaciona con una capacidad que ya han observado casi todos: la de hacer una película que transcurra casi en su totalidad en un mismo espacio, pero que rehúye por completo del factor teatral. Es sabido que Tarantino es alguien muy talentoso para esto. Desde aquella famosa charla conjunta en una mesa de Perros de la Calle, QT ha sabido muy bien cómo dotar a un espacio pequeño de una vida cinematográfica única. Mi idea es que la clave de la utilización de los espacios en Los Ocho Más Odiados es que Tarantino siempre se las ingenia para hacer que cada pedazo que muestra del lugar nos parezca nuevo o diferente, como si esa taberna fuese un lugar pequeño pero donde al mismo tiempo siempre hay algo nuevo que descubrir. Desde este lugar hay dos figuras claves. Una es la capacidad de Tarantino para dotar a varios de los objetos del lugar una carga simbólica. Así es como, por ejemplo, cuando Tim Roth empieza a hablar de colgar gente, Tarantino empieza a mover la cámara y deja de encuadrar en un momento en el que se ven ganchos. Otro elemento clave es la aparición de objetos que no habíamos notado que estaban en primer lugar, como el piano en el que se toca “Noche de Paz”, o el abrigo que toma uno de los personajes para aliviar el tremendo frío que tiene. A todo esto también ayudan los planos cenitales y los lentos movimientos de cámara que dotan más de una vez al espacio de enrarecimiento y misterio.

La segunda cuestión tiene que ver con dos casualidades que parecen anticipar lo que va a suceder en la película. Uno es que cuando Samuel L. Jackson aparece por primera vez lo hace viendo la carroza y con tres cadáveres a sus espaldas. La metáfora es bella y evidente: el hombre con tres cadáveres se subirá a una carroza donde hay tres personas que pronto serán también cadáveres. Otra rara casualidad es cuando John Ruth dice al principio de la película que “casi le arrancan el brazo”, algo que efectivamente sucederá cuando Domergue lo mutile para poder alcanzar un arma.

La tercera cuestión es la música. Los Ocho Más Odiados es la película de Tarantino que menos canciones tiene. Tres apenas: una es de los White Stripes ya fue mencionada. Otra es “Now you´re aAone” –usada en una escena lírica y morbosa al mismo tiempo- , tema que pertenece a The Last House of the Left, de Wes Craven. Esta última película,  no por nada, habla de asesinos psicópatas sádicos y, al igual que Los Ocho Más Odiados, reflexiona sobre la imposibilidad de que exista una justicia genuina cuando se ejerce por mano propia. La otra canción es “There won´t be Many Coming Home” –o sea, “No serán muchos los que regresen  casa”- expuesta al final de la película y que es prácticamente un ironía (después de todo, los que regresarán a casa en la película no serán pocos sino ninguno).  Me queda en el tintero, obviamente, las composiciones de Morricone, ciertamente hermosas , pero a las que no alcanzo a decir algo interesante sobre ellas y su función en la trama.

La cuarta cuestión es el lenguaje. Me apena que la única idea que se me ocurra sobre la misma hoy por hoy es la insistencia de Tarantino en que sus personajes repitan palabras en distintos tonos. Digo que me apena porque estoy seguro que hay mucho más para decir sobre el mismo. Los diálogos de Los Ocho Más Odiados son de los mejores que ha exhibido el cine de Tarantino, no tanto por el contenido de los mismos sino por la hermosa musicalidad del lenguaje. Quizás por esto es una película protagonizada mayormente por Samuel L. Jackson, el actor que el propio Tarantino dice que es el único que ha entendido desde el principio que hay algo de musical en sus palabras. Quizás, en algún momento, logre decir algo más relevante sobre el tema. Por ahora es lo que hay.

 

Este artículo fue publicado originalmente en A Sala Llena.

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